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viernes, 22 de enero de 2021

San Juan Macias y el Purgatorio

SAN JUAN MACÍAS: EL SANTO QUE LIBERÓ A UN MILLON CUATROCIENTAS MIL ALMAS DEL PURGATORIO!!

Una de las características principales de la vida de san Juan Macías fue su amor y devoción a las almas del purgatorio. Muchos testigos certificaron en el Proceso que nunca lo habían visto sin tener el rosario en su mano izquierda. 

Lo tenía en la mano cuando partía el pan en el comedor, y cuando se le preguntaba por quién estaba rezando el rosario, siempre decía que por las almas del purgatorio. 

Una noche, estando en la iglesia, le dieron voces de la capilla de enfrente, llamándolo por su nombre. 

Alzó los ojos y vio un gran número de gentes que le pedían con lágrimas y suspiros los encomendase a Dios y aplicase por ellos sus oraciones, ayunos y penitencias. Le decían: “Siervo de Dios, acuérdate de nosotras, no nos olvides; socórrenos con tus oraciones en la presencia de Dios y ruega a su divina Majestad que nos saque de estas penas”. Era tanta la multitud que parecía un gran enjambre de abejas y, entendiendo que eran las almas benditas del purgatorio, les respondió: “¿Qué puedo yo, santas almas, hacer ni pedir por vosotras, siendo un hombre tan miserable?”. 

Y desde entonces comenzó a rogar por ellas, aplicándoles uno de tres rosarios, que de rodillas, rezaba todos los días y veinte estaciones al Santísimo Sacramento cada día; y de sus comuniones, una sí y otra no, con otras obras de piedad, ayunos y penitencias… Y le visitaban muchísimas almas, unas dándole gracias del beneficio que habían recibido, y otras, que no habían venido, le buscaban para empeñarle con Dios a que rogase por ellas. Y el siervo de Dios multiplicaba sus ruegos, doblaba sus penitencias y continuaba los ayunos. 

Otra noche estaba en oración y oyó sobre el altar una gran palmada que estremeció la capilla y luego, inmediatamente, un suspiro triste y lastimero; y entendió luego que era alguna alma en pena y le preguntó quién era. Le respondió que era el alma de fray Juan Sayago que venía a valerse de sus ruegos para con Dios; que tuviese lastima de él y procurase sacarle del purgatorio, porque estaba padeciendo atrocísimos tormentos. Le prometió hacerle así y, aquella noche y las dos que siguieron, le aplicó todas sus obras interiores y exteriores a este hermano, que era un religioso lego de la misma Orden, que acababa de expirar en el convento del Rosario de Lima, y era a la misma hora en que, sacando de la enfermería el cadáver, lo habían puesto en la iglesia para enterrarlo al día siguiente... 

A los tres días, estando en el mismo altar, vio salir una visión hermosa y resplandeciente que, poco a poco, se fue elevando hacia el cielo, y entendió que era el alma del fraile lego, su hermano, que libre del purgatorio, pasaba de aquellas penas al descanso de la bienaventuranza . 

Él dijo alguna vez que, según una revelación divina, había conseguido la liberación del purgatorio de un millón cuatrocientas mil almas. Algunos sacerdotes de su Comunidad dieron testimonio de esta cifra en el segundo proceso de Lima, diciendo que habían leído con certeza esta cifra en la relación de su muerte que circulaba en toda la provincia dominicana de San Juan Bautista del Perú. 

Especialmente, su anciano confesor, el padre Gonzalo García, juró habérselo oído decir y lo mismo el que fue su Prior, el padre Blas de Acosta, quien aseguró: Todos los días rezaba el rosario por las almas del purgatorio y hasta aquella hora (en que fray Juan se lo declaraba) habían salido por sus oraciones del purgatorio un millón cuatrocientas mil almas, según bien lo recuerdo. Tanto el padre Blas cono el padre Gonzalo habían dicho eso mismo en el primer proceso diocesano.

martes, 5 de enero de 2021

Una Religiosa del Purgatorio dejo su huella visible

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Quedó una huella de la mano de la Hermana Teresa M. Gesta, en su visita desde el P
urgatorio en el Convento de las Terciarias Franciscanas, Foligno, Italia

El día 4 de noviembre de 1859 había muerto de apoplejía fulminante, en el convento de Terciarias Franciscanas de Foligno, una buena hermana llamada Teresa Margarita Gesta.

Fue por muchos años maestra de las novicias, y a la vez encargada de la pobre ropería del monasterio.

Había nacido en Córcega, en Bastia, en 1797 y había entrado en el monasterio en febrero de 1826.

Doce días después de la muerte de sor Teresa, el 17 de noviembre, la hermana Ana Felicia, que la había ayudado y que la reemplazó después de su muerte, iba a entrando en la ropería, cuando oye gemidos que parecían salir del interior del aposento.

Algo azorada, se apresuró a abrir la puerta: no había nadie.

Dejándose oír nuevos gemidos, a pesar de su ordinario valor, sintió miedo.
“¡Jesús, María!; –exclamó – ¿qué es esto?”.

Aún no había concluido, cuando oyó una voz lastimera, acompañada de este doloroso suspiro: “¡Oh, Dios mío! ¡Cuánto sufro! Oh Dios! ¡Peno tanto!”.

La hermana, estupefacta, reconoció pronto la voz de la pobre sor Teresa. Se repone como puede, y le pregunta:

“¿Y por qué?”
“A causa de la pobreza”, responde sor Teresa.
“¡Cómo!… – replica la hermana – ¡vos que erais tan pobre!”

“No es por mí misma, sino por las hermanas, a quienes he dejado demasiada libertad en este punto. Y tú ten cuidado de ti misma”.
Y al mismo instante la sala se llenó de un espeso humo, y la sombra de sor Teresa apareció dirigiéndose hacia la puerta, deslizándose a lo largo de la pared.

Llegando cerca de la puerta, exclamó con fuerza: “He aquí un testimonio de la misericordia de Dios”.

Y diciendo esto tocó el tablero superior de la puerta, dejando perfectamente estampada en la madera calcinada su mano derecha, y desapareciendo en seguida.

La pobre sor Ana Felicia se había quedado casi muerta de miedo. Se puso a gritar y pedir auxilio.

Llega una de sus compañeras, luego otra y después toda la Comunidad; la rodean y se admiran todas de percibir un olor a madera quemada.

Buscan, miran y observan en la puerta la terrible marca, reconociendo pronto la forma de la mano de sor Teresa, que era notablemente pequeña.

Espantadas, huyen, corren al coro, se ponen en oración, y olvidando las necesidades de su cuerpo, se pasan toda la noche orando, sollozando y haciendo penitencia por la pobre difunta, y comulgando todas por ella al día siguiente.

Espárcese por fuera la noticia; los Religiosos Menores, los buenos sacerdotes amigos del monasterio y todas las comunidades de la población unen sus oraciones y súplicas a las de las Franciscanas.

Este rasgo de caridad tenía algo de sobrenatural y de todo punto insólito.
Sin embargo, la hermana Ana Felicia, aun no repuesta de tantas emociones, recibió la orden formal de ir a descansar.
Obedece, decidida a hacer desaparecer a toda costa en la mañana siguiente la marca carbonizada que había causado el espanto de todo Foligno.

Mas, he aquí que sor Teresa Margarita se le aparece de nuevo.

“Sé lo que quieres hacer; – le dice con severidad –; quieres borrar la señal que he dejado impresa.
Sabe que no está en tu mano hacerlo, siendo ordenado por Dios este prodigio para enseñanza y enmienda de todos.

Por su justo y tremendo juicio he sido condenada a sufrir durante cuarenta años las espantosas llamas del purgatorio, a causa de las debilidades que he tenido a menudo con algunas de nuestras hermanas.

Te agradezco a ti y a tus compañeras tantas oraciones, que en su bondad el Señor se ha dignado aplicar exclusivamente a mi pobre alma; y en particular los siete salmos penitenciales, que me han sido de un gran alivio”.

Después, con apacible rostro, añadió:
“¡Oh, dichosa pobreza, que proporciona tan gran alegría a todos los que verdaderamente la observan!”. Y desapareció.

Por fin, al siguiente día, el 19, sor Ana Felicia, habiéndose acostado y dormido, a la hora acostumbrada, oye que la llaman de nuevo por su nombre, despiértase sobresaltada, y queda clavada en su postura sin poder articular una palabra.

Esta vez reconoció también la voz de sor Teresa, y al mismo instante se le apareció un globo de luz muy resplandeciente al pie de su cama, iluminando la celda como en pleno día, y oyó que sor Teresa con voz alegre y de triunfo, decía estas palabras:

“Fallecí un viernes, día de la Pasión y otro viernes me voy a la Gloria… ¡Llevad con, fortaleza la cruz!… ¡Sufrid con valor!”.

Se transfigura en una nube ligera, blanca, deslumbrante, y volando al cielo desaparece.
Y añadió con dulzura: “¡Adiós! ¡adiós! ¡adiós!…”.

Abrióse en seguida una información canónica por el obispo de Foligno y los magistrados de la población.

El 23 de noviembre, en presencia de un gran número de testigos, se abrió la tumba de sor Teresa Margarita, y la marca calcinada de la pared se halló exactamente conforme a la mano de la difunta.

El resultado de la información fue un juicio oficial que consignaba la certeza y la autenticidad de lo que acabamos de referir.
En el convento se conserva con veneración la puerta con la señal calcinada.

La Madre abadesa, testigo del hecho, se ha dignado enseñármela (dice Mons. de Ségur), y mis compañeros de peregrinación y yo hemos visto y tocado la madera que atestigua de modo tan temible que las almas que, ya sea temporal, ya sea eternamente, sufren en la otra vida la pena del fuego, están compenetradas y quemadas por el fuego.

Cuando, por motivos que sólo Dios conoce, les es dado aparecer en este mundo, lo que ellas tocan lleva la señal del fuego que les atormenta.

Parece que el fuego y ellas no forman más que uno; es como el carbón cuando está encendido.

23 de Septiembre - Padre Pío

23 DE SEPTIEMBRE SAN PÍO DE PIETRELCINA (PADRE PÍO) El padre Francesco Forgione nació en Pietrelcina, provincia de Benevento, el...